Historia de Viernes Santo

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Extracto del cuento titulado “Una y otra vez, hasta el fin”.

…Sucedió una semana santa, junto con los demás estudiantes que nos educábamos en la ciudad, regresábamos al pueblo por el asueto de los llamados días santos. Yo, cursaba mi primer año en la universidad. Recuerdo que era Viernes Santo. La fecha mayor de la religión católica. Era día de guardar respeto. A pesar de ello, la fila de la tortillería era larga y el calor que emanaba de las máquinas, insoportable. Los clientes apuraban a las que atendían para que terminaran de despachar, pues hacía rato que había pasado la representación del Vía Crucis y todos deseaban asistir a la culminación de la ceremonia.

De pronto, ¡se fue la luz!, Ya imaginarán la rechifla y los reclamos. Sin embargo, nadie se movía de su lugar porque se aplicaba el famoso refrán: “Quién se va a la villa perdía… su lugar”. Las personas más experimentadas aseguraban que pronto se restablecería; sin embargo, pasaron varios minutos sin que el problema se solucionara. Ello, obviamente, incrementaba la desesperación y los reclamos de toda la fila. El dueño de la tortillería salió a disculparse. Una quejosa voz, decía que era mal síntoma que en mero Viernes Santo se muriera la maquinaria; otra voz, respondía que no era que las máquinas no funcionaran, sino la falta de luz impedía poder trabajarlas; alguien sensato sugería echarlas a andar con petróleo, como funcionaban antes.

La presión, los gritos y chiflidos de los consumidores aumentaban. El dueño, desesperado ante las múltiples voces que exigían atención rápida, decidió hacer funcionar “a la antigüita” las maquinas; entonces, se dirigió con rapidez a la parte trasera en busca de un galón de combustible. Apurado, empezó a desconectar unas mangueras y a conectar otras. Las personas en la hilera presionaban con intensidad creciente. La operación parecía terminada; así, entre hurras y aplausos emanados del voluble humor de todos los presentes, se decidió a encenderla…

Un instante más tarde el entusiasmo acalló. Un flamazo nos cegó a todos. Las antes ovaciones y gritos de contento cambiaron por ayes de dolor y lamentos de angustia y miedo. Todos buscamos alejarnos corriendo, sin importar si nos empujaban o empujábamos. Había llamas por doquier. En minutos gran parte de la maquinaria se consumió. El fuego hizo su devastador trabajo. La tortillería se hizo una tea ardiente. Yo recuerdo que, sin saber por qué razón, brinqué al otro lado del mostrador, en mi loca huida choqué con un mueble tirado en el piso. Lo empujé a un lado y seguí corriendo. Para ese momento los vecinos, con cubetas de agua, buscaban sofocar el incendio.

Fue espantoso. Los daños fueron cuantiosos. Aquel día del accidente, nadie en el pueblo comió tortillas. Como siempre sucede, las posibles explicaciones sobre el incendio estuvieron a la orden del día: alguien habló de un castigo por laborar en día santo; otro, de la impericia del dueño de la tortillería; también, se aventuró que los empleados de la luz eran los responsables por no reponer el fluido eléctrico a tiempo…

“Pluma Campechana”.
Por Bertha Paredes M; Escritora y asesora cultural

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