El hombre que confundió su país con un sombrero

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Oliver Sacks escribió: “fue Hipócrates quien introdujo el concepto histórico de enfermedad, la idea de que las enfermedades siguen un curso, desde sus primeros indicios a su clímax o crisis, y después a su desenlace fatal o feliz”.

Va de cuento.

Como decía Cervantes al inicio de su novela el Quijote de la Mancha …en algún lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, ocurrió el episodio que a continuación se narra.

Era 2016, cuando la candidata a presidenta del país recibía más votos que su oponente y, a pesar de la lógica matemática que supondría lo contrario, perdía la elección.

¿Consecuencia?, El mundo entero se congratuló con tan democrático suceso. Al fin y al cabo, el sistema electoral de aquel país lo aceptan y entienden sus ciudadanos, por lo que no había nada que discutir.

Terminada la calificación del proceso electoral, la candidata perdedora cumplió sin problemas el ritual de reconocer la victoria de su oponente con una llamada telefónica. Y, como dice el dicho, a otra cosa mariposa

Y he aquí que el novel mandatario, desde un principio, dio muestras de su estilo de gobernar aplicando el clásico de “aquí solo mis chicharrones truenan”: Limpieza de personal ajeno a su confianza; modificación de las habituales formas de solucionar problemas; descrédito de instituciones; descortesías políticas en eventos locales e internacionales; como si el poder otorgado por los electores fuera un cheque en blanco para hacer y deshacer.

A lo anterior se sumó, pronto, los desacuerdo y despidos de gente cercana que lo apoyó en su campaña y que colaboraba en su administración.

El mundo empezó a observar su actuar con recelo. Quizá ignoraba, aquel mandatario, lo que todo gobernante debe saber: ningún país es isla y en tiempos de la aldea global, gobernar es como estar en una caja de cristal. Nadie se lo dijo, o quizá sí y fue ignorado o, en todo, caso fue despedido.

Pasaron los años y contra lo que pudiera pensarse su estilo no cambió. Quizá porque, como magistralmente explica Saks, y con la debida licencia literaria, el país carecía de un sombrero que le recordará que la democracia lo había llevado a esa encomienda sagrada de servir a la nación. Sin el sombrero, el país era suyo. También las instituciones. No tenía otra forma de reconocerlo como lugar libre.

Pasaron más años y llegó el tiempo de una nueva elección. Él, entendió el momento como una oportunidad de seguir gobernando a como diera lugar. Perpetuarse en el cargo.

Pero perdió la elección. Y entonces tuvo lugar una inesperada, ¿o esperada? tragicomedia. Se negó a aceptar la derrota. Utilizó mil argucias para tratar de revertir el resultado. No lo logró y vino el caos.

Por fortuna, las instituciones son esplendidas fortalezas que sustenten la supervivencia de todo sistema político. Esas instituciones, que igual son mandadas al diablo o desaparecidas, pero que al final prevalecen más allá de un político.

Al final, se calmaron las aguas y aquel país, volvió al sendero de la cordura en la que no necesita más el sombrero para ser reconocida.

¿El mundo debe obtener una buena lección de esta historia?, simplemente…no lo sé.

Usted opine.

“Pluma Campechana”.
Por Bertha Paredes M; Escritora y asesora cultural.

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