Días de guardar

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“Al fin se encendió la luz verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado; tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. Los coches de atrás tocan frenéticos el claxon. Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza. Se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta. Estoy ciego.”

Quien haya tenido la oportunidad de leer la obra de José Saramago seguro reconocerá que el párrafo se trata de la maravillosa entrada del libro “Ensayo sobre la ceguera”. Una novela estrictamente basada en la ficción y la magistral imaginación del escritor que relata cómo la totalidad de la población va quedando ciega y las fatales consecuencias que esto genera entre las personas y la sociedad.

Pensé en traer al tiempo actual esta referencia porque lo que estamos viviendo, hoy en día en México, parece una historia arrancada de la ficción. El caos que se imagina, y nos cuenta Saramago en su novela, se queda corta frente a la realidad en la que estamos inmersos frente a ese enemigo invisible llamado coronavirus que, primero enferma, y luego quita vidas.

Aunque la novela fue publicada en 2009, y quien sabe durante cuántos años germinó en la mente de Saramago, al paso del tiempo todavía mantiene vigente valiosa información sobre la conducta humana en escenarios complicados. Cómo reaccionan las personas, para bien o para mal, cuando tienen que hacer lo que tengan que hacer para sobrevivir.

En lo que nos toca vivir, inédito, desconocido, indescriptible, intocable, no estamos ciegos como en el libro de Saramago pero lidiamos contra algo invisible y definitivamente malo. Sin estar ciegos no podemos ver lo que se mueve en el aire que respiramos. Y esto, nos deja en franca desventaja.

Ensayo sobre la ceguera nos deja lecciones de tener ojos cuando otros los perdieron. El coronavirus nos está enseñando cosas que sabíamos de su existencia, pero jamás practicamos, como mantener la sana distancia de las demás personas y el caso extremo, someterse al aislamiento social para “hacernos invisibles” al virus que vaga por las calles o que viene a través de algunas personas, quienes contagiadas, siguen en la normalidad cotidiana de sus vidas en la vía pública.

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La fabulosa y premiada novela de Saramago crea paralelismos actuales que no imaginábamos posibles.

En el libro de Saramago, el caos se incrementa por el desapego de la gente, aun en situación de ceguera, a seguir reglas y recomendaciones. En el país, en días de la llamada “segunda fase” ocurre algo similar con mucha gente que ignora y no respeta ni reglas, ni recomendaciones.

Se nos ha dicho que la fórmula más sencilla para combatir el incremento de contagios de este virus es quedarse en casa. Gobiernos y sector privado, no todos, pero si en la mayoría de los casos, han concedido licencia a la gente para cumplir con el aislamiento.

Haga caso a estos días de guardar. Quédese en casa. Pero, si por razones de trabajo u otro motivo urgente, debe salir a la calle hágalo protegido como indican las autoridades de salud.

Al final, los ciegos de Saramago recuperan la visión. Sin embargo, hay mucho daño hecho entre las personas.

Igual, entre nosotros, llegará el tiempo de relajar la sana distancia, de dejar el aislamiento, de volver a las calles, al trabajo y al habitual estilo de vida en sociedad. Ese día, lo mejor que nos puede pasar es que el recuento de daños sea mínimo.

Mientras tanto, recuerda que el hoy y ahora es quedarnos en casa.

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Entre todos nos protegemos del COVID-19.

“Pluma Campechana”.
Por Bertha Paredes M., escritora y asesora cultural.

 

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