No, nada sucede por casualidad

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John St John.

Si hacemos el bien por interés, seremos astutos, pero nunca buenos.
– Cicerón.

Los fantasmas del amor siempre estarán ahí, al asecho, inevitablemente en los lugares comunes donde crecimos juntos, sin decepciones ni abandonos, latiendo en la memoria del consciente sin misterios, porque la fotografía en blanco y negro de un par de ese retrato está intacta, guardando todos los matices posibles hasta hoy.

Y es que los amores maduros son más longevos en el tiempo, fueron parte de la casi imperceptible esclavitud de la escritura, en las madrugadas infinitas después de un rompimiento unilateral, de lo que por supuesto también guardamos recuerdos en hojas de papel revolución de los años setenta.

A estas alturas de la existencia, cuando ya no deambulamos para reencontrarnos, porque hemos marcado distancia del pasado tormentoso hasta ciertas latitudes, lo que menos deseamos es volver al lugar donde nacimos, porque no somos pretenciosos de desencuentros en los probables encuentros.

Un día antes de ayer, en las charlas vía telefónica con uno de los tres asiduos concurrentes a establecer criterios serios de los problemas mundanos, desde la Isla que fue testigo de mis primeros pasos, fijamos posiciones de lo que pueden ser los escenarios políticos, de literatura y escritura desde mis inicios, y la preferida “tres veces viernes”.

Imaginamos a mediano plazo, después del recuento de los últimos acontecimientos de humo y olores en la Isla, donde llegamos a la conclusión que es parte del folclor de las ociosidades de no hacer mucho en las horas productivas, porque están más que ubicados quienes alborotan los tiempos muertos; y créanme sucumbimos ante la realidad.

Octubre está tan cerca como distante, cuando somos testigos de personas que hoy están y mañana en un suspiro dejan de respirar, para alcanzar en parte el sentido de inmortalidad, con sus seres queridos, sus amistades más cercanas y con el trabajo dejado como constancia de su perseverancia y esfuerzos diarios.

Pero ese diciembre que cuando es enero observamos inalcanzable, está cada vez con sus colores dibujados en la quietud, esa otra orilla a la que nos cuesta acceder desde los primeros meses de cada año, donde nos hacemos propósitos, donde más reflexionamos, donde habitamos otra piel ante de más envejecimiento.

Los sueños al cerrar los ojos y después dormirnos son cada vez más cortos, despertamos casi de sobresalto en una realidad de quejas y lamentos, de pedimentos y vanidades, de más de rutina y poco por descubrir en las novedades de lo desconocido.

Media semana de sentirnos como en un aislamiento suspendido, sin mayor ruido que los dedos tecleando un artículo sobre las posibilidades de existir y desear, de pretender y asimilar, en los recovecos muy distantes de un pueblo que se niega a aceptar su presente, condenado quizá también como nosotros, a desaparecer un día.

Nada sucede por decreto en la vida de los pobres, en esa sociedad de consumo que ve agotadas sus aspiraciones, lejanos sus objetivos, distantes sus metas; y así es casi imposible inferir que nos están ocultando su probable felicidad.

Una clase media arrinconada, sin expectativas de vida útil, en la inutilidad de sus años, en ese andar pausado a muy corta edad, y con todos los vicios al asecho, tentaciones que lo colocan como presa fácil de la delincuencia.

Nada, absolutamente nada sucede por casualidad, no nacemos pobres o ricos, somos creadores de nuestras circunstancias, con argumentos válidos para nosotros, no para quienes no desean mirar a ese otro país en los contrastes de las fatalidades, que sí existe y transitamos a diario.

Mientras tanto disfrutemos de cada sorbo de agua fresca, de cada fruta que nos llevamos a la boca, de cada pedazo de humildad que tenemos para compartir en esta existencia, por lo pronto.

EN PRIMERA LÍNEA

La política es tiempo y circunstancia, para algunos se fue a los 86 años de una manera decorosa, no ejemplar, de la presidencia de la Cámara de Diputados; para otros hace mucho se había ido.

Porfirio Muñoz Ledo ha sido un referente del cambio en México, uno de los precursores del movimiento de 1988 para dejar al PRI. Su legado es amplio y merece un puntual análisis.

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“Siempre hay otros”
Por Mariano Espinosa Rafful.

 

Fuente: Crónica Campeche
05.09.2019

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