Una lucecita en la jungla de asfalto

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Mientras conducía por una arteria del denominado circuito baluartes de la ciudad de Campeche advertí que, del otro lado de la calle, una pareja de la tercera edad, una de ellas en silla de ruedas, intentaba bajar con apuros la banqueta para cruzar al otro extremo.

En ese momento, un agente de seguridad pública que conducía una motocicleta alertó con sus luces intermitentes; se detuvo bloqueando el tráfico de una arteria de la calle y se bajó presuroso para ayudar. Por mi parte, me detuve y puse también luces intermitentes para detener la otra arteria y ceder el paso para que la pareja cruzara.

En tanto observé que, metros más adelante, el conductor de una camioneta con placas locales bajaba apurado para intentar ayudar.

No hubo necesidad de su participación. El oficial se hizo cargo de la situación bajando de la banqueta a la persona en silla de ruedas y cruzando con ella hasta el otro extremo de la calle. Los  vehículos que quedaron detrás de mi automóvil, prudentemente guardaron silencio y no tocaron el claxon para apurar el paso.

El hombre de la camioneta abordó su vehículo y se puso en marcha. El oficial montó en su moto y enfiló para el centro de la ciudad. Por mi parte, reanude mi viaje sorprendida por lo sucedido.

Me explico. Estamos tan acostumbrado a vivir y hacer todo de prisa que a veces no brindamos atención a las necesidades de los demás con quienes compartimos la vida urbana.

Se ha vuelto lugar común que los conductores de autos se conviertan en temerarios pilotos, se sientan dueños de las calles o sean irrespetuosos del reglamento vial.

Es tan común ver como, por ejemplo, las motocicletas rebasan por el carril que les da la gana. Como el automóvil compite con el peatón por ver quien pasa primero el “paso peatonal”. Te atrasas un segundo en el semáforo y el chofer de atrás sonando como desquiciado la bocina. Ni que decir de aquellas, finísimas personas, que dejan el auto en el sitio de discapacitados, sin ellos estarlo.

Por eso presenciar la acción del oficial que ayudo a la pareja merece ser destacada y comentada. Una buena acción que debe debiera desencadenar más buenas acciones si se dejara el egoísmo colgado en la casa de cada quien.

Este suceso también rompe con el estigma que los oficiales de seguridad son malos elementos. En este caso, el motociclista merece el reconocimiento social. Da un ejemplo de que la sensibilidad y el humanismo no están peleados con el cumplimento del deber.

Sé que el oficial nunca sabrá que, el auto detenido detrás de él, lo conducía quien escribe una columna en este medio digital. Lo menos que he podido hacer es narrar lo que vi y dejar constancia del hecho, que puede que a nadie le importe, pero resulta una lucecita en la jungla de asfalto.

“Pluma Campechana”
Por Bertha Paredes M. Escritora y asesora cultural.

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